miércoles, 26 de noviembre de 2014

Los días siguientes fueron repitiéndose, enlazados , hasta que ya no se pudieron distinguir unos de otros



Los días siguientes fueron repitiéndose, enlazados , hasta que ya no se
pudieron distinguir unos de otros, blancos y azules, alguno gris, húmedo, verde
oscuro, todos leves, como la irrealidad de las ensoñaciones. Convirtiéndose, en
el deslizarse de las cosas que toman velocidad por si mismas, en un continuo
azul con olor a salitre.


El teléfono móvil sonó una mañana, inusualmente temprano para que fuera
Alfonso preguntando por las niñas, pero era él. El pitido estridente lo llenaba todo, y en la pantalla
apareció su nombre, que Soto había transformado en mayúsculas después de
la separación, como se escriben las notas impersonales, las instrucciones para
quien no nos conoce bien, las letras que dejan traslucir lo menos posible de
uno mismo, encorsetadas en la rigidez de los palotes que las conforman,
impidiendo que nuestra alma escape a través de las curvas de las minúsculas,
que dejan tranquilamente aparecer sus inclinaciones, sus tendencias,
sustrayéndose al pudor en el lánguido abandono de sus zarcillos al final de
cada palabra.
 Soto decidió que Alfonso había pasado a formar parte del universo de
los extraños, de los ajenos, y, en consecuencia, su nombre figuró apresado
entre los rígidos trazos de la palabra ALFONSO, que se empeñaba en aparecer en
la pantalla de su móvil a aquella hora de la mañana 
 Hacía semanas que no hablaba
con él, y había conseguido, por ello, ir rellenando el hueco de su voz con otras
cosas que le permitían ir andando sin tropezar con los sentimientos que se le caían de las manos a cada paso. Aquello era un duelo en el que ir rellenando los vacíos para poder pisar, como en una habitación
en la que faltaran algunos tablones en el suelo. Erradicar su voz  como el que borra huellas para eliminar
recuerdos, pero el teléfono seguía sonando.

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