domingo, 22 de febrero de 2015

La caza




Bárbara había notado su placaje durante los últimos días, dirigiendo sus movimientos, conduciéndola a posturas absurdas, a gestos incontrolados, como te dirige la inercia en un vagón de la monaña rusa. Asi es que, aquella tarde de viernes que tomaba un café en el bar de Hans, mientras hacía tiempo para su clase, se descubrió pensando en Viktor F. De una forma un tanto desordenada y espesa, algo caliente y repugnante a la vez, como una aberración que deseamos en secreto. Necesitaba preguntarle sobre aquello que fluía hacía ya unos días, pero para ello tendría que darle pistas, le iba a pedir algo escrito, eso seguro. No dejaba de ser una especie de cacería silenciosa donde el cazador y la presa se esperan mutuamente, en una coreografía muda donde cuenta mas dónde te escondes que dónde te encuentras. La amenaza sorda del ataque por la espalda.


Viktor F. dejó de mirar a la pantalla en blanco de su ordenador. Frente a él, la enorme ventana de su estudio le ofrecía una espectacular vista de la costa y el puerto de Maelstrong que, sin embargo, tampoco veía, concentrado en buscar un modo de invitar a Bárbara a la fiesta de otoño sin que pareciera que le estaba pidiendo algo. Antes muerto que expuesto a una negativa de aquella española que taladraba con su mirada cavernícola, dejando bien claro, en cada gesto, que se podía comer a todos ellos y a su exquisita educación, como decían ellos, con patatas. Sin embargo, quería que asistiera a la dichosa fiesta. Necesitarba verla jugar en su campo, en desventaja. Un recóndito motivo le urgía a extender ante ella todo su esplendor de escritor de fama, los honores, el reconocimiento, la casa con el jardín entero encendido, hacerle bajar los ojos ante su nombre, de una vez.

Miraba el puerto sin verlo divagando deambulando por el laberinto de lo estéril .

Viktor se había ido quedando a oscuras, en la biblioteca y , al encender la luz del escritorio, las carpetas amontonadas en la esquina con los trabajos de sus alumnos le ofrecieron la solución.

Invitaría a la fiesta a los tres mejores trabajos, esa sería la excusa. Repasó los nombres que rotulaban las solapas, hasta que encontró dos que resultarían poco molestos, y abandonó el resto sobre la mesa.


Los espacios habitados por nuestros sueños, acaban convirtiéndose en alternativas a nuestra triste vida, poéticos avatares de nosotros mismos, en una realidad inalcanzable, insostenible, incongruente. Bárbara miraba por la ventana del café, sentada hacía rato en el mismo sitio, pero no veía cómo la calle se iba cubriendo de nieve, no veía la casa de enfrente donde se habían ido encendiendo las luces. El perfil de Kristin había ido tomando forma, según recorría su casa, a pesar del olor a moho, a pesar del deterioro producido por el abandono, a pesar del fregadero amarillento, el espíritu de Kristin, en su melancolía, en la soledad que Bárbara le imaginaba, en su impronta de animal asustado, similar a la que ella misma percibía a veces de sí, en el reflejo de los escaparates, tomaba cuerpo, para que su retrato se fuera haciendo posible, como reconstruir de un puzzle de cinco mil piezas con poca luz. Nada importaba, nada era tan reconfortante como el recuerdo de la manta de ganchillo sobre aquel sofá verde oscuro. ¿A quién le importaba que todo pareciera una majadería?

Pero la sensación era cierta, tuviera lógica o no, era cierta, y útil. Sabía que con ella seguiría escribiendo, como tocar una intuición que va y viene, como una melodía que se esconde de nuevo cuando nos parece que ya la tenemos.

Encarnar a Kristin para que pudiera recorrer las páginas como un personaje de este mundo no había sido difícil. Ubicarla, inventarla en el mismo faro donde había trabajado, como la habitante de una torre fortificada que era, como la princesa de los cien metros cuadrados que ocupaba aquella construcción, dotada del espíritu que ella misma ejercía en su devenir cotidiano. La luz que nos dirige, que nos orienta, que nos saca de la tempestad.

Bárbara construía en sueños el mundo donde sus personajes vivirían, dibujándolo durante los momentos inmediatos al sueño, como algo que fermenta y crece gracias a nosotros, pero también a pesar nuestro, a nuestro lado y a ratos ajeno, como el kéfir en la nevera.

Sabía, instuía mas bien que esa idea, esa sensación, necesitaba de los aperos de lo cotidiano para poder mostrarse en el papel. Pero sus personajes, por Dios, qué pedante le parecía pensar siquiera en esos términos, aquellos seres surgidos de su pensamiento iban tomando forma, teniendo voz, voluntad, un pasado, un porqué para sus actos, y se desenvolvían en espacios a veces comunes a veces inventados, a su alrededor siempre, acomodándose al espacio que ella iba creando con la naturalidad de unos invitados que se quedarían largo tiempo.

Así aprendió a ir escogiendo las caras, los caracteres, las voces, los lugares, los momentos, las luces, las sensaciones, las anécdotas, los recuerdos del pasado, los sueños, los anhelos, las filias y las fobias, los miedos, las pesadillas, los odios, las manías, en fin, todo lo que conforma el equipaje de un ser humano, para que aquella historia pudiera ser encarnada sobre el papel, para que ellos pudieran desgranar con sus actos la quimera que aquel día que estuvo sentada en la mesa de jardín de Kristín se posó sobre su cabeza: aquello que nos obliga a seguir las huellas de la creación de Frankenstein, la huella rectilínea y leve de aquella criatura en su incesante y despavorida huida del género humano. El eterno marginal, cruzado de cicatrices, de señales que le recuerdan que no es de este mundo, aunque tenga forma de hombre, aunque viva entre ellos, las señales que indefectiblemente te recuerdan quién eres, a pesar de tu aspecto, a pesar de tu entorno, como el ombligo recuerda a los delfines que son mamíferos, pesar de su forma de pez, a pesar de vivir entre ellos, como aquello que ha arrastrado a Bárbara a escribir, a pesar de su madre, de la mugre de sus primeros años, a pesar de la soledad, de su falta de formación, de su trabajo, algo, su ombligo, sus cicatrices, le recuerdan siempre quién es.


Aquel martes, ya casi anochecido, Bárbara estaba de pie, en medio de la cocina, frente a la ventana, leyendo por tercera vez la invitación recogida del buzón, con el gorro de lana y la bufanda puestos, el abrigo a medio quitar y el bolso todavía colgado del hombro: El Ayuntamiento de Maelstrom, se complace en invitarle a la fiesta de otoño que anualmente se celebra en el domicilio del reconocido escritor Viktor F, bla, bla, bla, bla, bla, en reconocimiento de los tres mejores trabajos literarios, obtenidos durante el curso de literatura al que asiste, siendo el suyo uno de ellos bla, bla, bla, se despide de usted muy atentamente, bla, bla, bla, bla.

Releyó el texto hasta cuatro veces, y cuatro veces volvió la vista hasta el destinatario donde constaba, en letras de molde, su nombre: Barbara Allende Allende.

_¿Mis resultados en el curso de literatura?_ Dejó la invitación sobre la mesa de la cocina y fué quitándose el abrigo_ pero si dejé la carpeta sin mi nombre _ Colgó el abrigo en el perchero y subió a su cuarto, a cambiarse de ropa,_ claro que ha podido deducir qué trabajo era el mio, por eliminación, pero reconocer que es uno de los tres mejores.........._ bajó a la cocina con la ropa cómoda de estar por casa, y comenzó a trastear preparando la cena, _ No me lo creo, por mas que lo ponga la carta, no me creo nada_ llenó de agua una cazuela, le incorporó un pellizco de sal y la puso al fuego_ Vamos a ver Bárbara, piensa con la cabeza, en el grupo hay profesores del instituto _ puso al fuego una sartén con aceite y un poco de harina_ de acuerdo que también asisten personas sin formación, pero menos que la mia....._ añadió pasta al agua hirviendo y leche a la harina tostada_ No me cuadra_ bajó el fuego de los macarrones y batía la salsa con una cuchara de madera, mientras espesaba_ si se lo cuento a Edna, enseguida va a empezar a ver segundas intenciones retorcidas, pero las ve en todo, ¿porqué iba a ser diferente en este caso?_ apagó el fuego de la salsa y agitó con la cuchara la pasta hirviendo, para que no se pegara_ ¿y si se lo digo a Hans?, no sé qué es peor. El sí que verá segundas intenciones, y terceras y cuartas, pero seguramente con mas base que Edna, todavía peor_ apagó el fuego de la pasta y la volcó en un escurridor _Por otro lado, ¿qué tiene de malo que alguien se acuerde de mi, por una vez en la vida?_ mezcló la salsa en una fuente de cristal, con la pasta, con hierbas picadas, con queso rallado, y lo metió todo en el horno, a gratinar_ pero ¿qué me creo?, ¿para qué se va a acordar alguien de mi?, y mas semejante personaje, No se acordaría de mi incluso si necesitase alguien para limpiarle la casa, y Ademas, es odioso, déspota y cretino _ se sentó en la cocina, mirando, sin verlo, el puerto de Maelstrom, iluminado como un Belén en la inmensidad de la Naturaleza que lo envolvía_ Lo único que le salva es que sábe qué hay que hacer para escribir.

Escuchó las llaves en la puerta de casa, Nina apareció como una tromba por el pasillo, tapada hasta la nariz con el gorro de lana y los mofletes rojos por el frio.

_ ¡No sabes qué día me ha dado mi compañera Monika!, no ha parado de presumir durante TODO EL DIA de que su padre irá a la fiesta de otoño INVITADO POR EL ESCRITOR VIKTOR F., por no se qué de algo que había escrito, HA SIDO INSOPORTABLE _ se plantó delante de Bárbara, todavía con la mochila en la espalda _ mamá....., ¿porqué llevas puesto el gorro de lana ?

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