domingo, 15 de marzo de 2015

Los perros mojados no tienen amigos





 

Llevo una hora en el bar, intentando que se me seque el ánimo de perro mojado que hoy me empapa.
Son mas de las once. Vero nos ha preparado unos bocadillos, y hemos cenado en el bar vacío, echando maderos a la estufa de cuando en cuando. Tomando café en la sobremesa, esperando con ella que den las 12, la hora de cierre, la puerta se abre violentamente y aparece, inesperadamente, Olaf, sudando, con la ropa embarrada, que avanza ante nosotras sin mirarnos, quitándose la trenka a tirones, la mete en la cámara de los helados, me quita el café y el periódico y se aposenta en la mesa de al lado, como si no nos conociera, con el tiempo justo de hacer una inspiración profunda, echarse los pelos hacia atrás y fijar la vista en la prensa.

Un destello azul en la calle pone a Vero en marcha, y antes de que entendamos algo, coje la fregona y friega la puerta del bar, donde han quedado impresas las huellas de barro que Olaf ha dejado al entrar.
Friega de espaldas a la puerta, donde han aparecido dos policías. Menea el trasero mucho mas de lo necesario, y los mantiene atascando la entrada, hasta que, echándonos un vistazo, decide darse por aludida.
_ ¡Huy, perdón! No los había visto_ se posiciona tras la barra_ ¿qué van a tomar?
_ Buenas noches.., ¿Llevan mucho tiempo aquí?_ preguntan dirigiéndose a Vero, pero con una mirada nos han incluido a todos en el interrogatorio. Se ajustan los pantalones con ademán medio chulesco, ostentando la pistola y adelantando las caderas para marcar paquete.

El locutor del telediario de las 12 se empeña en anunciarnos sus noticias, pero no le oímos mientras M. Everet arrastra su voz rota por entre las patas de las sillas, subiéndosenos por los tobillos.
_ Un buen rato ¿porqué?_ Vero pasa la bayeta por la barra empapada en amoniaco, lo que hace que el mas cercano a la misma se eche para atrás.
_ ¿todo en orden?
Curvamos la boca hacia abajo y agitamos arriba y abajo la cabeza, subiendo las cejas. Nadie ha visto nada. Y se hacen un gesto uno a otro, como de: “Vámonos, de estos inútiles no vamos a sacar nada” y se despiden con un lacónico “Que tengan buena noche”, y no nos movemos hasta que los destellos azules desaparecen.

Un momento de colapso, y todas miramos a Olaf, que continúa leyendo el periódico al revés.

A estas alturas ya no debía sorprenderme la arbitrariedad que, repartida por el mundo, flota en el ambiente. La que nos sacude, injustamente en todo caso, para bien o para mal. Que igual acecha nuestra espalda para darnos un mimo, como para destrozarnos la vida. Por eso, mi ánimo de perro mojado se había secado hacia las tres de la mañana, en el cuarto de estar de casa, junto a Vero, a Sara, a Olaf y a dos botellas de JB que a esas alturas ya andaban mas que terciadas, entre restos aguachinados de hielo.

Para entonces, ya nos habíamos enterado de las clandestinas andanzas de Olaf, buscando de calle en calle, por el pueblo, un local, o casa, o lo que fuera, abandonado, para poder ocupar. Nos explicó que lo siguiente, y refiriéndose a lo siguiente daba a entender que existía un plan, era localizar un lugar a cubierto, para poder llevar a cabo las clases que se daban en la calle, para poder organizar un comedor social, un banco de alimentos, un lugar para cuidar a los niños mientras los padres trabajaran, un espacio, en fín, donde sentirnos a salvo de tanta barbarie y abandono, desde donde poder hacernos fuertes y hacer fuerza, así lo explicó.
_ Lástima que no tenga mucha práctica saltando vallas_ lo decía extendiendo la trenka ante asi, llena de chafarrinones de barro y cruzada por un enorme siete _ la tenía mucho cariño.

Hablaba de ella como si se tratara de un viejo amigo que se le hubiera muerto, con tanto sentimiento, con la lengua tan de trapo por el wiski que despertó nuestra piedad y entre tropezones se la guardamos con la promesa de arreglársela.

El cielo a veces nos hace el inmenso favor de visitarnos, después de tirar sobre nuestras pobres personas chuzos de punta, por eso, aquella madrugada, en aquel cuarto de estar donde habían permanecido tanto miedo, y penas y soledades, por fin olía a gente en marcha, a camaradería, a algo parecido a la confianza.

_ Esto está llegando a su fin....._ nos decía Olaf subido en una silla, dirigiéndonos un discurso en el que no se escuchaba pronunciar ninguna erre _ ya está bien de que nos machaquen. Vamos a demostrarles quienes somos, nos van a respetar, vamos a bajarles de sus falsos púlpitos. Seremos miles, mas que miles, seremos todos. Todos a la vez. Hemos dejado de temerlos, y ahora ellos nos temerán a nosotros, temerán nuestro nombre....., en cuanto lo encontremos..., en cuanto lo encontremos...._ su voz sonaba desfallecida y acudimos en su ayuda para evitar un aterrizaje que hubiera mermado quizá la solemnidad de sus palabras, y le dejamos un rato semiinconsciente en el sofá soñando quizá con esta cultura que dice que nos cuida y nos saca la sangre por la noche, nos ha educado a que todo lo gratis esté tiznado del tufillo de lo deleznable, impidiéndonos pedir, como una deshonrra, impididiendo que nos consideremos de manera alguna cuando nos volvemos gratis, cuando nuestra presencia no esta corroborada por el intercambio del beneficio.


Y asi nos va.

 

Cuando bajamos Olaf dormía atravesado en el sofá, imposible moverlo, imperdonable despertarlo. Le cubrimos con una manta y le dejamos acabando la revolución .







2 comentarios:

  1. En León, no somos todos, ni siquiera somos miles, si acaso unos pocos y espero que bien avenidos. Mi saludo a todos los Olaf de este mundo.

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