domingo, 21 de diciembre de 2014

supervivientes


Fuera diluviaba, sembrando de regueros informes el cristal del comedor, y Brannagh se diluía siguiendo el camino del agua.

También Dierdre parecía noruega, o al menos escandinava, en vez de irlandesa. La recordaba con su pelo rojo exagerado, como El nacimiento de Venus, si Venus hubiera nacido en vaqueros y zapatillas deportivas. La recordaba al volante de su coche zarrapastroso, en el único viaje que hizo a su lado, la única constancia de que alguna vez tuvo algo que ver con ella. Porque, si hay amores de toda una vida, amores de verano, flechazos de un día, el suyo había sido de una tarde, la tarde en la que compartió con ella el trayecto a Dublín como pasajero circunstancial ya que su coche se encontraba en el taller.

Brannahg la conocía desde niño. La recordaba pelirroja y pequeña, con la ropa siempre vieja, siempre mas grande o mas pequeña de lo que hubiera debido ser, e intentaba esconderse, como una forma de pudor frente a aquellos que tenían menos suerte que él.
Veinte años después estaban sentados en aquel coche accidentalmente, y Dierdre  llevaba ropa de su talla, aunque Brannahg continuaba mirándola con aquel pudor que no conseguía sacarse de encima.

El coche avanzaba por la carretera, apenas vista a través de la lluvia contra la que aquellas penosas escobillas no tenían nada que hacer, salvo un ruido inútil e infernal.

_Debo estar en Dublin a las 12:00 ¿crees que llegaremos a tiempo?
_¿Montados en esto, quieres decir?
Dierdre le miraba con sorna mientras Brannagh se empeñaba en buscar algo entre los documentos de su carpeta, ocultándose tras aquello que se empeñaba en no aparecer, para no verse en la obligación de encajar las ironías, y le contestó disculpándose desde el fondo de su cartera_ Estoy enormemente agradecido de que podamos viajar en tu coche, no sabes cuánto siento que el mio se haya estropeado precisamente hoy.

Creadence Cleawather lanzaba al aire su “Who stop de rain?”, una y otra vez, inundando el coche de preguntas, y Brannagh había dejado, por fin de buscar no se sabía qué, y miraba el paisaje borroso por el agua, quizá sin verlo, quizá reparando en él después de mucho tiempo de no reparar en paisaje alguno

El universo a veces se constriñe en una carretera gris y una canción, por los siglos de los siglos, y el detective se había quedado para siempre en aquel viaje, del que salía a ratos para participar en la vida normal.


Y se asombraba de la naturalidad con que Dierdre, se movía por el mundo. Con su coche andrajoso y su música maravillosa vivía la vida ajena a los complejos de los que siempre se miran la bragueta al escuchar risas.
A lo lejos, algún rayo culebreaba, bajo las nubes negras de la tormenta, y los churretes de agua escurrían por el parabrisas, limpiando los restos pegados de los insectos muertos.


_ Estos son mas antiguos que tu y que yo ¿los conoces? _ y subió el volumen: “Have you ever seen the rain?” mientras se preguntaba cómo las casualidades podían llegar a ser tan certeras siendo solamente casualidades, y dejó que la música les acompañase mientras atravesaban el diluvio.
Brannagh contestó con desgana, como el que cumple una penosa obligación_ No he tenido nunca oportunidad de escuchar mucha música.
_ Hablas de la vida como si hubieras pasado por el purgatorio.

_Cuando mis compañeros de instituto se divertían los domingos por la tarde, yo me acercaba a la taberna con la paga que me daba mi padre, para jugármela.
_ ¡No me puedo creer lo que dices!_ se volvió hacia él entre incrédula y divertida.
_Buscaba la mesa de jugadores donde mas se bebía, esperaba un par de horas mientras intentaba detectar cual de todos estaba mas borracho, y con ese jugaba hasta que le desplumaba. Muchos domingos llegaba a casa con la paga doblada.
Dierdre meneaba la cabeza escandalizada y divertida a un tiempo _ voy a pensar que has tenido una triste infancia, seguro que tendrás algún recuerdo grato.

_ No me quejo, no _ contestó Brannagh, Y observaba cómo Dierdren, de alguna manera, había podido sacudirse aquella ropa siempre grande o pequeña, aquella mirada de saber lo que es acostarse sin nadie para darte un beso, y se había aupado sobre el mundo con una energía que la hacía poderosa.
_Bien, veo entonces que eres un superviviente nato.
Brannagh respondió encogiéndose de hombros, asombrado de que aquello que siempre fue para él una normalidad no muy deseable y casi clandestina, se convertía de pronto en algo valioso, después de tantos años. Después de tantas vergüenzas inconfesables, después de sufrir todas aquellas miserias de las que nunca supieron sus amigos de escuela, descubrió que aquel esfuerzo culpable resultaba que tenía algún mérito, un punto de vista desconocido hasta aquel día lo había sacado por fin del fondo del saco de las vergüenzas, y lo había cogido de la mano para llevarlo a la primera línea del valor. Se sintió muy agradecido hacia ella, que con un simple comentario al descuido, lo había redimido para siempre de la miseria y de la culpa.
_ Un superviviente_ musitó, encogiéndose de hombros de nuevo, casi imperceptiblemente, lo justo para asumirse en su nueva condición.

Y la miró conducir.
atendía el volante concentrada en el punto final donde confluían el gris del asfalto, los postes de la luz, la raya continua, el arcén y el universo entero, que desembocaba en aquel punto de no materia donde la realidad se desintegra confundida con el horizonte.

Pidió café esperando que la lluvia parase, y salió a la calle con las últimas gotas, a pesar de que ya era noche cerrada.








































viernes, 12 de diciembre de 2014

tierra de nadie

 
El borde del mar justifica la inacción por el simple hecho de no poder ir mas allá. Un lugar limítrofe con otro entorno, como la superficie de los espejos, como su casa al borde del bosque, como la hora que separa el día y la noche, un puesto fronterizo que nos obliga a parar un momento, desde donde ir mas allá es casi imposible.

La sensación de estar siempre en la línea que separaba el mundo de otro sitio, le rondaba permanentemente. El mundo real y la existencia de pesadilla de algunas noches, y ella, como nexo de unión, o mas exactamente, como habitante involuntario de aquella tierra de nadie, donde no se era ni lo uno ni lo otro, desde donde no era capaz de sentirse involucrada en ninguno de los dos mundos. Envuelta en la sensación de que el verdadero meollo de la vida se le escapaba por una mera cuestión de ubicación equivocada.





martes, 9 de diciembre de 2014

CATARSIS VERSUS GRAND THEFT AUTO 5


Mis pinos siguen ahí, inamovibles, impasibles ante mis cuitas, que se desarrollan entre los delfines y su anatomía abdominal, los pinos siguen ahí, porque así ha de ser. En este mundo donde la mayoría de las cosas están fuera de sitio, o aberradas por alguna oscura intención, los pinos siguen ahí, y les importamos un pepino, hacen bien.

Mi nómada inventada se ha ido a Noruega, siguiendo la necesidad que su ombligo de delfín le marca, la impronta de la que cuelga su vida sin ella saberlo, pero con la sensación permanente de ser un personaje de frontera, ni aquí ni allí, o aquí y allí, pero a deshora, como llegar al cine con la sala desierta. Y ella sola se va colocando en ese mundo que se va creando a su alrededor, para que viva y se mueva en el, para que pueda contar lo que le va ocurriendo, en su búsqueda perpetua. La imagino, la sueño, poco a poco, mientras sus rasgos se van haciendo presentes, como si la viera lejos, de espaldas, y lentamente fuera volviéndose hacia mi, mostrando su rostro, difuminado todavía, su forma de moverse, de mirar, de apartarse el pelo de la cara. No acaba de volverse del todo. Todavía no me concede el regalo de sus rasgos, pero ya la intuyo, intuyo la fuerza que la ha llevado allí, el esfuerzo, la incertidumbre que viaja con ella, el desasosiego de los que nunca tienen la sensación de estar donde deben estar, y mira por la ventana de una modesta cocina, viendo un puerto escandinavo, diminuto, en medio de la vorágine marina cuasi polar, donde la vida bullendo en medio del frio y de la brutal naturaleza parece una broma de supervivencia absurda, como ella misma.

Y empiezo a escribir:



lunes, 8 de diciembre de 2014

y tengo que entrar al servicio minúsculo donde siento lejanamente el vaiven del vagon y consumo mi sueño, para no volverme loca

Voy a Madrid en el tren de la mañana, para recoger a Candela, tal como había acordado con su padre. La llevaré a la cabalgata de Reyes en Cercedilla esta noche, y mañana se levantará en casa. Después tendremos un par de días para preparar la vuelta a sus clases.

El tren acaba de arrancar, y me adormezco cerrando los ojos al sol que entra por la ventanilla y me da en la cara. Incapaz de mantener la cabeza quieta, la imagen de Olaf invade mi soñarrera. Su cara bondadosa, la voz suave, sus palabras incendiarias, su ropa vieja, las manos gastadas, las canas largas y despeinadas, las gafas de pasta contra su piel blanca.

Acabábamos de hacer el brindis de Nochevieja. El brindis en el que, al final fueron incluidos todos y cada uno de los habitantes de la tierra, exceptuando tan sólo a los que hacían infelices a los demás, para los que deseamos una desaparición lenta, dolorosa e irreversible.

Olaf me apuntó con su dedo para que propusiera mi castigo a los indeseables y creo que fue esa la primera ocasión en que sentí que el útero se contraía provocándome un delicioso calambre ventral. Seguimos nombrando torturas para los poderosos, pero yo sólo quería que Olaf volviera a apuntarme con su dedo.

_ ¿Y el famoso palo por el culo?
_ ¡Elga! _ Olaf la recriminaba_ Si estamos así es que has bebido demasiado.
_ Pero..¿Qué dices?..., si estoy perfecta.
_ Si, estás perfecta, pero no he escuchado ni una sola erre en tu frase.., ¿porqué no te acuestas?
_ Aggg...hund nazi (perro nazi, en noruego)_ me las pagarás.
_ Además, yo me voy con vuestra vecina un rato al pueblo_ me miró para preguntarme_ ¿te apetece?, no se puede pasar una Nochevieja en esta reunión del asilo. Vamos, seguro que encontramos algo que celebrar.
Me alcanzó el abrigo y el gorro mientras él se calzaba la trenka, con torpes movimientos de oso, y me guiñó un ojo en dirección a Elga que nos despidió falsamente enfurruñada.
_ Andad.., id y disfrutad de la vida, vosotros que sois jóvenes, nos echó sacudiendo las manos como se espantan las moscas, y se quedó acodada en la mesa.
Salí a la calle presa de un absurdo sentimiento de felicidad, mas propio de un adolescente que de una salida improvisada con un vecino, a mis cuarenta años.


El tren se desplaza mansamente por las vias bordeadas de jaras. El dulce calor del sol me acuna, y recuerdo lejanamante frases sueltas de mi salida con Olaf, en Nochevieja, casi ocultas por la música demasiado alta del disco bar. “Troubles with dreams” de Eels, se repite en mi cabeza, hipnotizante, dejándome ver tan sólo la cara de Olaf que me cuenta algo, algo que no escucho, que se diluye entre la música y mi media borrachera, donde lo único que encuentra acomodo en mi entendimiento es su mirada buena, su piel suave, su boca rosa, que me habla, me cuenta, y el contacto blando de su cuerpo dentro de la trenka gastada, que se me acerca a ratos, entre empujones involuntarios por los que él se disculpa y que yo sólo quiero que se repitan una y otra vez.

Cuando abro los ojos, estoy aún a medio camino, con la enervante sensación de haber sido despertada de un sueño delicioso; y tengo que entrar al servicio minúsculo donde siento lejanamente el vaiven del vagon y consumo mi sueño, para no volverme loca.